El Final

El Final

Estamos cerca del final....del año liturgical.

Probabilmente pensaron todos que yo estaba hablando sobre el fin del los tiempos. Llegaré a eso. Pero primero, el final del año liturgical.

En San Miguel, estamos un parte de una tradición, Episcopalismo, que es en la familia de la Comunión Anglicana. Episcopales no son exactamente como Católicos Romanos, pero con ellos compartimos un tradition de moverse a través de un calendario liturgical para observar las temas de la vida de Jesús, y para reflejar cómo participamos en su vida eternal.

Vemos a la temporada del Adviento. Dos semanas proximas, cuando Padre Beto esté aqui, y en el día que traigamos nuestros sobres de compromiso al altar para el próximo año, empezamos el observación del Adviento. Hay mucho en la mez de diciembre para anticipar. Pero también, hay mucho que dejar ir.

Escuchamos en las Escrituras una mensaje del fin. En Malaquías, Dios nos dice que está cerca el día cuando la justicia nos traerá su salvación; cuando el orgullo y la maldad se transformarán en el fuego de la justicia de Dios. Y la esperanza de Malaquías es una esperanza de algo nuevo; de un futuro justo. Algo diferente que lo que tenemos en el presente. Podemos escuchar la esperanza de Malaquías como una invitación a esperar.

Los fundamentalistas y muchos pentecostales interpretan el lenguaje del apocalipsis, el lenguaje sobre el fin de los tiempos en Isaías, Daniel, la carta a los Tesalonicenses, y también de la boca de Jesús, como una profecía sobre un momento exacto en que comenzará el fin, con muchos prediciendo el día específico.

Ellos esperan para este día con gran expectación, y algunos no creen que necesitemos hacer el trabajo de justicia hoymientras esperamos el día de la ira de Dios.

Y Pablo tiene otras ideas.

Si vives, trabaja por la justicia de Dios. Porque si no trabajas por la justicia, eres como el privilegiado quienes disfruta los beneficios del trabajo de los pobres del mundo sin pensar del impacto de su apetitos consumistas. Dice Pablo, “quien no quiere trabajar tampoco tiene derecho a comer.”

Pero la realidad estadounidense, particularmente para las personas que son más altos en la jerarquía de raza y clase, es el opuesto. Entonces, donde Malaquia tiene esperanza, Pablo siente la urgencia de trabajar en este momento.

Y mira Jesús.

Cuando Lucas nos da las palabras apocalípticos de Jesús, él está describiendo no solo la realidad de su tiempo, en medio del imperio romano, pero también cada tiempo en la historia humana. Jesús describió el sufrimiento que eventualmente experimentarían sus seguidores, y muchos de ellos lo hicieron.

Y también, estaba describiendo el sufrimiento de los trabajadores de la justicia en todo el mundo, en todos momentos.

La historia está llena de la injusticia del imperio. La historia de los Estados Unidos es una historia de conquista, con la prioridad ser los intereses y los necesidades de estadounidenses blancos y ricos con poder. En su libro, Cosecha del Imperio, Juan Gonzalez se explica que “la dominación política y económica de los Estados Unidos sobre América Latina siempre ha sido, y sigue siendo, la razón subyacente de la presencia masiva de los latina/os aquí” (Gonzalez, pg. xvii). En otras palabras, existe una relación directa entre la fortaleza de la economía estadounidense, las comodidades de los ricos y privilegiados, y la explotación del mano de la obra y la riqueza de la tierra en América Latina.

Y también, tenemos más sufrimiento personal; más inesperado. La muerte es un punto de transición que, no importa si lo espera o es una sorpresa, puede causar sufrimiento. El sufrimiento está más allá del tiempo, el lugar, o las circunstancias.

Pero, “No se dejen engañar,” dijó Jesús.  “Hay guerras y revoluciones en algunos países, hay muertes que no entendemos––y sabemos que esto es cierto––pero no se asusten. Esas cosas pasarán, él dijó, pero todavía no será el fin del mundo.”

El próximo domingo es el final del año litúrgico, y el día de Cristo Rey. No es un accidente. Cuando hacemos la transición entre este año y el próximo, proclamamos que, en Jesús, vemos a un Dios que no conquista, que no usa su poder como dictador o emperador, sino un Dios que nos invita a compartir su amor y su obra de justicia.

Un Dios en el que podemos confiar. Un Dios que desea nuestro florecimiento. Un Dios con una visión diferente para este mundo.

El fin de la injusticia es posible, y la transformación de nuestros corazones y nuestras vidas puede suceder.

Se acerca el final y ya está aquí. Pues, como dice el salmista:

¡Cantemos a Dios un nuevo himno! Nuestro Dios se acordó su pueblo amado. Entonces alegrémonos en el nombre de Jesús, el Príncipe de Paz y nuestra Libertador.

Amén.

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